No sé cuándo empecé a beber café de especialidad. Sé que hace 8 años iba al bar y pedía mi cortado con azúcar. Muy caliente. Adoraba sentarme con la tropa de todos los días mientras deboraban bocadillos, croissants rellenos y napolitanas de chocolate y de crema. Yo siempre pedía un mini bocadillo de jamón.

“Lo de siempre, ¿no?”, es una frase que encierra uno de los códigos de la felicidad, que para mí pasa por vivir en comunidad, cerquita de los otros. Aquí me conocen, pertenezco a esta parroquia del café, los taburetes, el olor a tortilla recién hecha y las servilletas y las migas en el suelo. Los vecinos, que cada día van cambiando según la hora, miran la tele que está colgada en la pared, comentan las noticias, hablan con los camareros, qué tal tu mujer. A veces el embrujo se rompe y te hacen partícipe de la conversación. 

Yo no suelo intervenir. Siempre he sido más de observar. Pero cuando observo, me desdoblo, y me pierdo en mi papel de espectadora, pienso que nadie me ve. Como cuando iba a clase, me sentaba en las primeras filas y cuando el profesor decía algo con lo que no estaba de acuerdo, o algo que me parecía gracioso, lo comentaba en alto, como si no me oyera. Una vez, un profesor, R., dijo que le había llegado un mensaje, un “guashap”. “Guashap, dice, jajajajaja”, dije, desorinada total. Cuando se puso rojo y me miró, se rompió la pared de cristal que nos separaba. Y juro que no fui consciente, porque para mí, yo estaba en un plano y él en otro. Y estábamos a un metro de distancia.

Mientras escribo esto, bebo un café de especialidad. En una taza enorme, sobre una bandejita de madera fina, todo cozy, todo pinteresteable. Suena una playlist de Navidad aunque aún es noviembre. Estoy sentada en una mesa de dos, en una silla acolchada. Escucho lo que ocurre en otras mesas. Miro cómo visten, cómo se peinan, los objetos que llevan consigo. Un casco de moto, unas bolsas tras una mañana de shopping; en aquella mesa hay un grupo que no lleva gran cosa encima, parecen compañeros de oficina que han salido en el descanso. Nadie interrumpe mi voz interior, mi propia compañía. Tengo la sensación de que, si me subo a la mesa y empiezo a bailar y cantar, nadie me diría nada, como mucho mirarían de reojo. Aquí no hay pared de cristal, sino compartimentos difíciles de traspasar. 

El sabor del café es espectacular, este, al contrario que el del bar, no hará que me ruja el estómago y no me dejará un regusto de ceniza en la boca. Pero aunque hoy la soledad es buscada, este concepto de tranquilidad entre gente que no se mira me deja un regusto amargo, más que el del café quemado del bar de siempre.

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