Ir a terapia te hace ver que muchas cosas de la vida que mi yo más primitiva definía como tristes o frustrantes, son en realidad duelos. Llevo unos años con una etiqueta profesional, aunque nunca quise verme como «redactora del corazón». No porque tenga nada de malo, sino porque en cuestión de trabajo, nunca me he permitido elegir.
Siempre me he dejado llevar por la ansiedad de no estar parada, de tener «algo», porque es importante trabajar para ser válida, de cara a la galería. Aunque tengas muy claro que tu trabajo, tu puesto, tu categoría o tu sueldo no están ligados a tu valía como persona, la presión social y familiar son un peso plomo.
Ahora que esta etapa en un medio del corazón se acaba, la vocecilla que me decía que esto no era para siempre canturrea más alto que nunca. Es la que me ha ayudado a mantenerme en pie en cuanto me dieron la noticia. No dar nada por hecho. Pero esta vez es real, no una posibilidad de futuro. Ya no hay margen. No me ha dado tiempo, aunque han pasado cinco años, de asimilar que el primer trabajo estable que he tenido ha dejado de serlo, y simplemente se ha desvanecido. Y con él, proyectos vitales, planes de un futuro próximo que tendrán que esperar.
Me he sentido afortunada muchas veces en este tiempo. Agradecida por tener cierta estabilidad. Por tener un contrato, por fin, con la categoría profesional acorde a la formación y a las tareas desempeñadas. Por dejar atrás el «auxiliar administrativo» del papel (con el propósito de pagarte el salario mínimo), y la etiqueta de «chica que aprende», para pasar a ser considerada, desde inicio de contrato, como una profesional más dentro de la casa.
Cierro esta etapa con la autoestima laboral fortalecida. Pero siento que no estoy lista para un siguiente round. Eso sí, la cuenta bancaria no dice lo mismo. La urgencia no pasa por sentirme realizada, sino por poder llegar a fin de mes. La realidad es la que es, aunque el cuerpo te pida parar para redirigir la marcha.
Es la primera vez que me dan un mes de preaviso. Siempre pensaba que era lo más lógico y lo más conveniente. Pero… hay un pero. Aunque un mes más de trabajo es un regalo (y más siendo autónoma), cada día que paso delante del teclado se vuelve más amargo. La certeza de que hay un cierre milimétricamente programado, mientras tú sigues alimentando un proyecto que es menos tuyo que nunca, es… triste. No encuentro una palabra mejor. Vuelvo a ser emocionalmente primitiva.
Una compañera me dijo que «puede que lo mejor sea cortar de cuajo, porque la herida es más limpia». En estos últimos días, mi herida se reabre con cada palabra. Hago el trabajo en modo automático, recomponiéndome cada vez que la desgana me posee a mitad de jornada, y me siento como los músicos del Titanic.
Pienso en si hubiera preferido que me despacharan sin previo aviso, que todo se acabara de un día para otro, y empezar a cicatrizar desde la sorpresa. También pienso en la crueldad de experimentar ese final, en lo abrupto y desamparado que se puede llegar a sentir.
Puede que, que un proyecto (laboral o no) se acabe sin que tú lo elijas, sea una mierda, sin más. Pero quiero pensar que esto (y voy a usar una frase muy manida aquí), puede ser el comienzo de algo.
Hola Valeria. Me paso por aquí para mandarte un abrazo cargado de ánimo, aunque el mío está también en baja forma. Estoy cansada de tanta precariedad, que asumía con 20 y que hunde con más de 40. Cansada de no poder planificar una vida, más allá de uno o dos meses vista y no sentirme parte de nada. Por desgracia, creo que somos demasiados en una generación que, pese a ser la más preparada académicamente, es la que ha logrado un hito que se antojaba imposible: Vivir peor de lo que lo hicieron sus padres.
Meterse en Periodismo, y más en nuestra época, es un poco como «si ya sabes cómo me pongo, pa qué me invitas». Sabíamos que las condiciones eran estas pero aquí estamos, con la precariedad de siempre y unos añadidos que no nos vimos venir. Pese a todo, creo que no me arrepiento de seguir intentándolo, al menos por el momento. Sigo pensando en que hay por ahí un huequito para nosotras, que por otra parte, priorizamos otras cosas (lo importante), y a veces eso choca con la cultura del trabajo. Gracias por ese abrazo, Mon!