J. me dice que se va acercando el momento. Le acabo de decir que no concibo la vida sin mis padres. – Ya lo sé-. Mentalmente añado: -Y cállate-.

Sé que los padres no son eternos. Sé lo que dice con lo de que se va acercando el momento. Vivimos el día a día disfrutando de las mesas compartidas, de los tuppers, de las cosas que nos sacan de quicio y luego nos hacen reír. También veo los achaques, pero también tengo presente la enfermedad que se llevó a M. Y el miedo nos vuelve a acechar cuando oímos una tos, cuando nos notifican una pequeña dolencia, cuando tienen citas médicas. La vida puede cambiar de un día para otro y la vejez hace todo esperable.

Te miro a ti, en tus cuarentaymuchos; miro a mi hermana mayor, en sus cincuenta, y pienso, qué suerte. Y pienso, qué envidia le tengo. Rondar los cincuenta y poder salir a caminar a 10km/hora con tus padres, que tu madre te cocine, aún enérgica, con cuatro fuegos a la vez, como si le siguieran pagando por hacerlo. Que hayas empezado a vivir esta cuenta atrás que yo vivo con ansiedad igual, pero más tarde.

El miedo irracional

Tengo 37 y tengo mucha suerte de tener a mis dos padres. Cada año que cumplen uno más me lo repito. Siendo justa, esto viene de lejos. He crecido con un miedo irracional a la muerte de mis padres. En el colegio, a veces confundían a mi madre con mi abuela. Me tuvo a los 40, pero el resto de madres rondaban los veintimuchos o los treinta, la mayoría. Me comparaba y decía que qué suerte, y que qué envidia. Pensaba que la muerte sólo llegaba con la vejez. No contemplaba opciones como los accidentes o las enfermedades o dolencias a edades tempranas.

A una compañera de instituto se le murieron sus padres con un mes de diferencia, en circunstancias diferentes. Éramos adolescentes. Creo que a muchos de sus compañeros nos puso en perspectiva un poco. La vida también son estos golpes, este azar. No supe acompañar a esta chica, a la que, aunque ya no era tan cercana como años atrás, le tenía mucho cariño. No supe cómo acercarme y entonces no hice nada. Aquí me di cuenta de lo difícil que es acompañar el duelo de otras personas y lo fácil que es cagarla con palabras vacías. Me ha pasado más veces. Decir frases de mierda porque quieres reconfortar al otro. Y ese no es el punto. Pero esa historia la guardo para otro día.

Cuando murió Luli, hace un año, había estado trabajando en terapia mi ansiedad al pensar en su muerte, en que un día no estuviera. Los perros viven de 13 a 15 años de media, pero yo proyectaba la imagen irreal de una yo anciana paseando lentamente por el parque con Lulú, que habría mudado todos sus pelos negros en blancos y grises, y probablemente estaría ciego, porque en sus 13 ya tenía cataratas.

Cuando se fue, tenía alguna herramienta más para afrontarlo. Pero a J. le confesé que con mis padres me estaba pasando igual. “No sirve de nada adelantarse” y lo sé, pero no puedo dejar de pensar que sí, que van a estar ahí siempre. Que no imagino mi vida sin los abrazos de mi madre y las palmaditas de culo, yo agachada para llegar tan bajito, cada vez que nos vemos de nuevo; sin las ocurrencias de mi padre, que en el momento te hace poner los ojos en blanco pero luego recuerdas con una sonrisa.

De los enfados de ella, por todo, con él, y de la búsqueda de miradas cómplices conmigo cada vez que le echa la bronca. De los consejos que no pido y que me dan, de igual manera. De los silencios cuando prefieren no opinar de algo, para luego hablarlo ellos por detrás.

No me imagino no volver a casa, no tener casa a la que volver. No tener a quién llamar un sábado, sabiendo que tengo que reservar toda la tarde para estar al teléfono. No me imagino una Navidad sin chupe de camarones o una visita random sin un «te he preparado tu plato favorito». O una mañana de domingo sin mi padre, que ha salido a dar su primer paseo de 6 kilómetros y entra diciendo que ha traído pan y que «he hecho quaker».

Y yo me sigo repitiendo la fortuna que tengo. Ellos siguen aquí, a mis 37 años. Aunque el miedo a perderlos me acompañe desde que era una niña que los veía irse desde el balcón. A veces creo que una parte de mí se quedó allí a vivir, en aquel piso en la planta 8 que hace tiempo que no habitamos, pero al que sigo volviendo cuando conecto con este miedo, que ya no es tan irracional.

5 respuestas

  1. Qué bonito, Valeria. Me encanta leerte. Creo que, en general, no se nos prepara para la muerte y aún hoy, seguimos sin saber muy bien cómo gestionar la pérdida de nuestros seres queridos (personitas y mascotas). Me resuena mucho de lo que dices porque pienso cosas similares con mi madre. Más aún en la etapa en la que estoy ahora y en la que, sin su ayuda, no sabría muy bien cómo habría salido a flote

    1. Estoy de acuerdo, no estamos preparados para enfrentar la muerte, y para afrontar el dolor y la pérdida en general. Quiero pensar que llegado el momento, tendremos las herramientas suficientes para atravesarlo con conciencia, y sabiendo que esto también forma parte de la vida (dijo ella, terapiada, pero luego ansiosa todo el día).

      Me parece bonito que reflexiones sobre el papel de tu madre en tu vida. Ellos (padres o la figura de referencia de cada uno) son un refugio, son casa. Creo que ahí es donde me pierdo, en pensar en no tener ese lugar seguro algún día.

  2. A mí me pasa igual. No me imagino mi vida sin mis padres y lo veo cada vez más cercano. Entro en pánico y me siento sola. En mi caso no, no estoy preparada para la muerte de mis seres queridos y mucho menos mis padres.

    1. Gracias por compartir tu miedo, Alli, porque aunque ya sospechaba que no estaba sola en esto, reflexionarlo por escrito es una manera de irlo procesando mejor 🙂

  3. Este artículo da para desgranar cada párrafo y sacar temas varios. Yo, recientemente, «sufro» por la posible pérdida de mi perra que acaba de cumplir 5 años. Un día me di cuenta de la edad que tiene y, por ende, la esperanza de vida y como un rayo me atravesó el cuerpo y me hizo dar cuenta de que empieza la cuenta atrás. Y no me lo quito de la cabeza. Y me invade la pena. Creo que no estoy preparada.
    Sin embargo, la posible ausencia de mi madre, prefiero no pensarlo porque no quiero que se me enquiste en mi cabeza y me haga daño. Aunque es inevitable pensarlo.

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