A menudo, después de una vivencia desagradable, tiendo a buscarle el lado positivo a las cosas. No es algo que exteriorice siempre (quien me conoce sabe que no me defino por ser una persona súper optimista, más bien pragmática) pero mis conversaciones internas siguen este patrón. ¿Cuál es el patrón? Sacarle un aprendizaje a todo.
Supongo que es humano, que es un mecanismo recurrente para darle sentido a la vida, para estructurar un poco lo azaroso que es todo. Hoy me llevo este concepto a una situación pequeñita y terrenal: que te digan que no en un trabajo.
Por el título ya habréis adivinado que el verdugo de esta historia no es una antigua pareja ni amistad, sino alguien que decidió descartarme después de hacer una prueba de redacción. Aún noto un pequeño encogimiento de pecho al recordar ese mail que confirmaba el rechazo. Además, no os creáis que escatimaron en motivos: inconsistencias en el texto, imprecisiones temporales, un uso un poco random de las comillas… (en realidad, estuvo bien saber por qué).
Ahora sé que no hice una buena prueba. Tuve mis razones. Básicamente, económicas. Cuando llevaba 3 horas documentándome sobre el tema y redactando algunos párrafos, recordé cuánto se pagaba por artículo. Así, un poco hastiada, decidí no dedicarle mucho más tiempo y me salté los pasos finales, como la revisión. Quería quitármelo de encima y que nadie dijera que no lo había intentado.
El sueldo ya tal
Cuando llegó el «no», no sentí alivio. Sentí una puñalada en el pecho. «He sido rechazada, aquí no se me quiere». Y lo peor es que había decenas como yo detrás aspirando a cobrar esta cantidad irrisoria la hora. Una parte de mí pensó que sería suficiente con aprobar, un 5 raspado, como en el cole. Y esto no es el cole, es el mundo laboral (forever precario) periodístico, donde tienes que sacar un 10 para ser visto, y el sueldo, ya… El sueldo ya tal.
No os diré que mi ego no latió herido durante unas semanas más. Y aún tengo presente este sentimiento de rechazo cada vez que me pongo delante del teclado para volver a examen. (Venga, que ahora viene lo de la enseñanza). Pero de esta experiencia saqué dos cosas importantes: seleccionar mejor las ofertas a las que aspiro y reaprender a trabajar.
Reaprender porque cuando trabajas mucho tiempo en la misma casa te adaptas a un estilo, a unas maneras y a unas velocidades (derivadas de las exigencias), y cuando vuelves al ruedo tienes que desandar algunos pasos y volver a encontrarte. «¿Quién soy?». «¿Cómo escribía antes de trabajar allí?». No es muy diferente a superar a un ex, supongo. La crisis de identidad laboral existe.
Lo de ser autónoma es un proceso abierto perpetuo, la búsqueda nunca cesa y lo de ser más selectiva con los proyectos no es cosa fácil. Pero también es fácil dejarse llevar por la ansiedad y la urgencia (hay que comer) y meter el CV en cualquier sitio. Es algo en lo que estoy trabajando, encontrarme en ese punto medio. Y la verdad que no siempre lo consigo, tengo «recaídas» en las que lanzo currículums casi al aire, a ver si alguien lo pilla.
Y en lo de reaprender a trabajar… también estoy en ello. Creo que en cada prueba coso un punto al duelo de perder un trabajo en el que estaba acomodada, que conocía y que se había convertido, digamos, en casa. Aunque en esa casa hubiera disfuncionalidades, como en cualquier familia. Porque, como dijo Belén Esteban, «No seremos la mejor, ni la peor… pero somos (éramos) una familia». Yo, por el momento, sigo aprendiendo cómo escribir fuera de ella.

