Hoy en ‘Cosas que nadie me contó sobre la ovodonación’, te cuento cómo ha cambiado mi percepción del proceso a lo largo de 6 años en tratamientos de fertilidad
Durante muchos años he pensado que la ovodonación era mi única opción, la única salida. ¿Salida a dónde? A la maternidad, porque sólo así me visualizaba siendo feliz. Después de mucho camino recorrido y de escucharme hablar en alto por primera vez sobre el tema (no te quería hacer spam tan pronto, pero si te apetece, puedes escucharlo tú también en mi podcast ‘No supero esto’), he detectado que algo ha cambiado a lo largo de los seis años que llevo en este camino, cuatro recurriendo a la ovodonación.
Me rechina mucho oírme decir: “Cuando nos dijeron que la ovodonación era la única opción…”, me doy cuenta de que este no es un discurso sólo mío. Es algo social. Es lo lógico pensar que para ser madre, tienes que parir. O que ser madre es la única opción para tener una vida plena. Después de dos intentos de FIV en la pública con 33 y 34 años, se acabó el juego en modo gratuito, y mi pareja y yo tuvimos que (o más bien pudimos) llevar nuestro caso al sector privado.
La pregunta que nadie quería responder
Quien me conoce sabe que soy una persona atravesada por la conciencia de clase, y ser partícipe de ello, de un sector que mueve cantidades obscenas de dinero y que quieras que no, vive del intenso deseo de muchas personas que lidian con problemas de fertilidad, podía ser chocante e incluso contradictorio. Por momentos lo ha sido y lo es, no nos vamos a engañar, pero en esos primeros años tampoco dudé de que eso era “lo que tenía que hacer”, porque quería ser madre, y socialmente y médicamente todo se me validaba.
Una vocecilla no dejaba de resonar en mi cabeza. Cuando salió el caso de Ana Obregón y su hija-nieta concebida por gestación subrogada con el material genético de su hijo fallecido, trabajaba en el mundo del corazón y claro, debatimos en la oficina. Mi posición estaba clara; estaba muy sorprendida con el hecho de que a alguien se le ocurriera usar el esperma de una persona que ya no estaba en este mundo, y más aún con que hubiera alguien en algún lugar dispuesto a llevar a cabo ese delirio. Pero había algo que me enfadaba mucho: que se expusiera la cara de la gestante, una mujer con rasgos de América Latina, porque me sentí identificada.
¿Qué lleva a una mujer a pasar por un embarazo y a aceptar que ese bebé no tendrá ningún tipo de vínculo con ella? ¿Y qué lleva a una mujer a someterse a una extracción y donación de óvulos?
¿Qué lleva a una mujer a pasar por un embarazo y a aceptar que ese bebé no tendrá ningún tipo de vínculo con ella, y a que se lo “quiten” en uno de los momentos más intensos de la vida, que es dar a luz? Y es más, ¿qué lleva a una mujer a someterse a un proceso de extracción y donación de óvulos? ¿Tiene la misma raíz, es decir, ambas se hacen por necesidad económica, aunque sea a distintos niveles?
Era un tema que no había investigado mucho. Conocía a dos chicas que habían donado óvulos, y cuya motivación había sido una mezcla de motivos, pero el dinero sí era uno de ellos. Esos 1.000 y pico euros (euro arriba, euro abajo) a modo de compensación económica por las molestias, habían marcado su participación en este proceso. Esto no dejó clara la respuesta a mi verdadera pregunta que era: Si lo hacen por dinero, ¿no es esto un modo de explotación, aunque esté algunos escalones por debajo de la gestación subrogada? ¿No nos (me) estamos aprovechando de su juventud (y de su posible irreflexión) para hacer crecer un negocio que mueve miles y miles de euros, y que pone el foco en quien recibe esos óvulos y en «cumplir sus sueños»?
Está claro que dos personas no son representativas de todo el «colectivo» de donantes, pero saber que la motivación de muchas o algunas era monetaria me incomodaba. No por el hecho de que cobraran, porque las molestias son muchas, está claro. Pero ¿qué pasaría si el dinero saliera de la ecuación? ¿Dejaríamos de hablar de sueños para empezar a hablar de las necesidades del mercado?
Las pocas veces que planteé esta cuestión en alto, sentí que se me censuraba. “¡No, mujer, no pienses eso! ¡La subrogada no es lo mismo que la ovodonación!”. Pero es que yo ya estaba dándole vueltas. La semilla ya estaba plantada en mi cabeza, pero no encontraba espacios donde poder exponer esto sin recibir una réplica que ya me resultaba simplona e invalidante. En el otro extremo, en el mundo virtual, encontraba algunos fragmentos de entrevistas que mi algoritmo me traía a través de las redes sociales, en los que algunas mujeres que se habían sometido a técnicas de reproducción asistida se mostraban tajantes. “Yo con ovodonación no lo habría hecho, eso lo tengo claro”, escuché decir a una.
Quería escuchar argumentaciones, no juicios, que arrojaran luz de forma respetuosa con los procesos de cada una.
Además de sentir una punzadita de culpa (aunque no mucha, porque en ese momento estaba segura de que yo sí quería seguir por ahí), también me generó curiosidad. Pero no se ahondó más en este tema. Ahí paró la argumentación. “No lo habría hecho”, porque es lo lógico, en su lógica. Este tipo de comentarios contundentes me llevaron a parecerme a la madre o la abuela que habla sola con la tele: “¿¡Pero estás en contra por qué!?”. Desarrolle su respuesta, señora. Sabía que la respuesta rápida era “porque es un modo de explotación de los cuerpos”.
Pues muy bien, pero yo quería que se abriera un debate, escuchar argumentaciones, no juiciosas para variar, sino que de verdad arrojaran luz de forma respetuosa con los procesos de cada una. Yo no estaba en posición de juzgar a quienes participan de ese ente que es el “negocio de la reproducción asistida”, porque jugaba en el equipo de las patronas. Yo misma era más Ana Obregón, que no la gestante, la persona con la que en realidad me sentía más identificada al ver esa portada de revista.
Los límites también cambian
Me chocaba también que en esas posturas inamovibles en los debates en redes, el discurso siempre venía de mujeres que ya eran madres. Que habían pasado por un proceso de fertilidad (lo que las colocaba automáticamente en un lugar de autoridad), pero definitivamente no tan dilatado como el que estaba viviendo yo. Que hablaban de lo que yo defino como ficciones: “Si no hubiera conseguido ser madre al X intento, ya lo habría dejado”. Pero fíjate tú que al segundo o al tercer intento ya lo habían conseguido. Su vivencia no era equiparable a la mía. Pasar por un proceso de fertilidad es doloroso, pero no te eleva, no te da más empatía y desde luego no te da más razón ni derecho a mirar desde arriba el camino que recorren las otras. A veces es justo lo contrario, te anestesia, te pone una venda y te hace pasarlo todo por el filtro de tu propia experiencia.
Como bien dice la terapeuta Meritxell Rolduá, a la que ya he citado en el podcast, “los límites son flexibles”. Y aplicado a estos casos, donde un deseo no es un derecho, pero sí está muy vinculado a la naturaleza humana, esta frase toma mucho peso. Viviendo un proceso de fertilidad tan largo, aprendes que sí, los límites son flexibles. Pero en mi caso, creo que estoy viviendo un proceso inverso a lo que podría esperarse.
El duelo genético, la incomodidad física y los riesgos derivados del proceso pasaron a un segundo plano. Yo sólo tenía un objetivo en mente.
He estirado la cuerda durante mucho tiempo, y ahora siento que la estoy recogiendo. En los primeros años, recién expulsada del sistema público, no me puse límites. El duelo genético, la incomodidad física de los procesos y los riesgos derivados de los mismos (de los que poco se habla) pasaron a un segundo plano. Yo sólo tenía un objetivo en mente y lo quería cumplir, y todos los semáforos estaban en verde, todo a mi alrededor me marcaba el camino.
No quería llegar a él a costa de lo que fuera (a veces leo comentarios en redes de gente que habla de lo “obsesionadas” que están las mujeres que recurren a estas técnicas, poniendo de ejemplo a su prima la del pueblo que dejó de intentarlo y lo aceptó “y punto”, o te mandan a la cola de la opción B para los infértiles, la adopción), pero mis límites fueron hiperlaxos, como mis extremidades, a causa de la irreflexión del momento, derivada del profundo dolor que supone un diagnóstico de infertilidad.
Incluso al principio recuerdo ir con mucha calma a hacerme todas las pruebas, para mí era un trámite por el que había que pasar. Y a medida que estos pensamientos han ganado peso, he sentido que mi cuerpo se tensaba durante estos procedimientos, como las ecografías, que ya me son, por desgracia, muy familiares. No al revés; la experiencia no me está dando puntos, en este caso. Y no por el equipo médico, que por suerte hace un acompañamiento inmejorable (otro día hablaré de esto), sino por la autoconciencia, que se ha unido a la llamada, aunque con unos años de retraso.
No puedo decirte en qué punto estoy, porque no lo sé. Pero sé que desde hace poco he podido poner sobre la mesa, sin miedo, todos estos pensamientos que hoy te expongo. Y por primera vez estoy pudiendo plantearme si lo que he estado haciendo en piloto automático tantos años concuerda con la persona en la que me he convertido, también gracias a (y a pesar de) este proceso. En otras palabras, mientras sigo planteándome ser madre por ovodonación, están brotando en mí preguntas y dudas que, lejos de inquietarme, me han traído paz. Porque me acercan más a la aceptación de que puede ser que la vida que me había planteado no sea. Y bueno, puede que la ovodonación al final no sea la única opción.


2 respuestas
Que interesante yo pase por el proceso de Ovodonacion y te aseguro que fue una experiencia maravillosa aunque por problemas internos mio no llego a buen fin lo vivi como cualquier embaràs o normal y creeme que hubiera tenido ese hijo (a) mejor que con cualquier otro proceso al final ese embrion recibe toda informació, sanguinea y energètica de tu utero y de tu cuerpo. Lo engendra, lo haces crecer , y lo pares que mas necesitamos. Es una decision muy personal pero es muy buena opcion de tratamiento. Un abrazo
Lumi!! Yo también veo la ovodonación como una oportunidad, gracias a los avances que ha habido y también a poder, con más o menos dificultad, acceder a ella. Me apetecía escribir sobre este tema porque creo que tener dudas sobre el proceso no le quita valor, al contrario. Quería exponer las contradicciones que pueden surgir (en mi caso, plantearme si este camino encaja con mis propios valores) para darle un poco de visibilidad a una parte de la que creo que se habla poco.
Gracias por compartir tu experiencia por aquí. No sé si te lo he dicho alguna vez, pero para mí siempre has sido un referente. Cuando las cosas han salido mal, verte vivirlo con tanta serenidad me recordaba que, aunque yo no fuera capaz de verlo, la aceptación podía llegar algún día. Y esa idea me ha acompañado muchas veces, aunque no lo supieras. Gracias ❤️.